Confundo el día con la noche, en una habitación cerrada y oscura, con olor a encierro y a cigarrillo y con la única compañía que puedo tener en tales circunstancias: un espejo. En apariencia normal y predecible, así son los espejos. Sin embargo, se convirtió en un huésped indeseable. Tuve la intención de romperlo, hacerlo trizas en un estruendo que resonaría en toda la casa y se preguntarían ¿Qué ha hecho esta vez? Se volvió una tarea imposible, no podía romperlo, quemarlo ni quitarlo de la pared. Reflejaba mi rostro y a veces no lo reconocía, temblaba al pensar en su presencia y aunque las pequeñas y redondas pastillas que tomaba tranquilizaban mi pequeño cuerpo y mi caos natural por unas horas, volvía al inicio en que odiaba ese espejo. 

El espejo había llegado a mi familia a través de una herencia. Recuerdo que cuando era pequeña solía jugar con él, hacia muecas frente al reflejo y él me imitaba, yo reía a carcajadas, hacia dibujos con miles de colores y se los mostraba esperando su aprobación. En mi casa, habitada solo por mujeres, el espejo significaba el sol y nosotras los planetas que girábamos en torno a él. Dicho objeto llegó a mi casa mediante una disputa familiar, todas las mujeres de la familia querían ese espejo, finalmente, al leer el testamento de mi abuela la disputa terminó y el espejo y toda su grandeza finalizó en el living de mi casa. Un buen día decidí que el espejo debía estar en mi habitación, que el espejo me pertenecía y debía ser solo mío. Hace unos meses el espejo cobró vida absorbiendo la mía, me entregué a un objeto maldito, casi mágico y perverso. 

Fumaba y pensaba. Fumaba y me reflejaba. Fumaba y leía. Fumaba y extrañaba la vida de hace algunos años, una vida que ya no me pertenecía. Fumaba y no ingería alimentos, provocando un apocalípsis estomacal, literalmente no podía comer, no podía cometer el acto de llevar comida a mi boca. Mi sustento era una angustia inagotable que recorría mi garganta hasta mi estómago. Dormía mucho por la escasez de nutrición, por la necesidad de no mirar aquel espejo que todo el tiempo estaba ahí en un rincón, juzgándome, proporcionándome razones para reflejarme en él, el espejo sí tenía vitalidad, se nutría de mi misma. Y cada vez que me reflejaba en él, sentía lo mismo: me atrapaba y en su interior no me esperaba un cuento de hadas, lo peor era que nadie iba a rescatarme. ¿Cómo empezó todo mi delirio? No tengo una respuesta concreta, simplemente un día desperté y me vi amenazada por mi propio reflejo siniestro. La forma que se concebía en el espejo no era yo o peor aún, si lo era: el cabello rojizo era el mismo, el cuerpo huesudo y de cristal también, los ojos hundidos por el cansancio, las manos temblorosas; definitivamente era yo. Ladeaba la cabeza hacia un lado y el reflejo me imitaba, parpadeaba y el espejo me copiaba, casi de una manera burlesca. Un día el espejo simplemente cobro vida, cuando me reflejaba, fingía una sonrisa grotesca, horrorosa, me había convertido en un monstruo. 

Tratar de razonar con un espejo no es lo más racional que se puede hacer, pero lo iba a intentar porque todos mis recursos habían sido derrotados y resultaron inútiles. No abrí la puerta de la habitación durante días, solo salía cuando mi cuerpo sentía la necesidad real e integra de cruzar el pasillo e ir al baño. Estuve días y noches pensando un plan, una táctica, una maniobra que pudiera ser lo suficientemente hábil para hablar con mi enemigo mortal. Durante esos días, cubrí el espejo con una sábana, así él no podría reconocer lo que estaba haciendo y lo que pensaba decirle, creí que tapando aquel espejo estaba más segura ante la tentación (casi vanidosa) de reflejarme en su cuerpo inerte. Llegó el momento inexorable del enfrentamiento y como una especie de soldado, saqué la sabana y lo vi a la cara, es decir, vi mi propia cara: 

  • ¿Qué es lo que necesitas de mí? – Le pregunté y realmente espere una respuesta
  • Esa no es la pregunta, querida- respondió mi reflejo 

Retrocedí, estaba contestándome y verdaderamente había un grado de lógica en el dialogo. Respiré con profundidad. 

  • ¿Cuál es la pregunta? 
  • ¿Qué es lo que vos necesitad de mí? He estado en este rincón durante años y recién ahora podés ver quién sos en realidad, yo tengo tu identidad. Pero no te confundas, vos no sos Blancanieves y esto no es un cuento, no hay príncipe. No sos perfecta. 
  • Está claro que no sos el espejo mágico. “Espejito, espejito, ¿Quién es la más hermosa de todo el reino?”- Recité

Mi reflejo hizo una sonrisa torcida y macabra. 

  • Necesito destruirte. ¿No ves el daño que has causado? – Señalé mi cuerpo 
  • Si intentas destruirme lo único que vas a lograr es tu propia destrucción. Es imprescindible que llegues al final. Además, soy tu única compañía. 

Retorcidamente llegué a mi conclusión inicial: era mi única compañía. ¿Cómo convivir con un ser de tal magnitud y poder sobre mi persona? No podía ser de esa manera, quería destruirme de una manera vil, su intención no era ayudarme o acompañarme desde hace tanto tiempo, solo quería jugar conmigo, por lo tanto, tome la única decisión sensata que había tenido en semanas. 

Juro que lo intenté, cuando puse la cuchilla en mi muñeca, el espejo me la arrebato, mi reflejo había soltado el mango y por lo tanto yo también. Mi mano, que se suponía era controlada por estímulos nerviosos, ahora estaba siendo dominada por un maldito espejo. 

Hice lo que nunca debí haber hecho: lo enfrenté, me puse de pie y rocé su fría superficie, como lo esperaba imitó mi movimiento a la perfección, el espejo pensaba, sentía y deseaba. Entonces vi el otro lado, vi la oscura habitación desde el rincón donde el espejo y ahora yo, me encontraba. 


Sofía Perez

Instagram: @Clonazepunk96

Twitter: Clonazepunk96

Facebook: Sofi Perez