A partir del auge de diversos movimientos ecologistas, y la explosión teórica que le siguió, tomamos un contacto creciente con nuevas –y dolorosas- palabras que definen los retos y limitaciones a los que nos enfrentamos. Sostenibilidad, sustentabilidad, desertificación… la lista es larga. Hoy conoceremos sobre la huella ecológica y la biocapacidad, y por qué esta última es un indicador del equilibrio sociedad/ecosistema. Entender estos términos es el primer paso para comprender un problema complejo y global… e intentar hacer algo al respecto.

Conceptos clave para el fin del mundo

Una definición compuesta, en particular, ha ganado mucho peso: la huella ecológica.

Este concepto, acuñado en 1996 por William Rees y Mathis Wackernagel (un economista y un ecologista, respectivamente) se refiere al área ecológicamente productiva, que se requiere para producir los recursos utilizados y asimilar los residuos que genera una sociedad determinada. Aquí, el estilo de vida de tal población es crucial, pues hará mayor o menor la huella.

Para dar el más básico ejemplo: una tribu alejada de Mongolia producirá una huella más pequeña que el conjunto de habitantes de Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Por supuesto, en una comunidad de países tan diversa, la huella ecológica varía. En algunas jurisdicciones es abrumadoramente grande, mientras que en otras se mantiene relativamente baja. Aquí aparece un nuevo miembro del “diccionario del fin del mundo”, como es la biocapacidad.

Ecuaciones sobre la Tierra

Como la comprende la organización “Red de Huellas Globales” (“Global Footprint Network”, por sus siglas en inglés), se trata de “la capacidad que tienen los ecosistemas para regenerar lo que las personas demandan de sus superficies”. Este número suele calcularse en hectáreas globales por habitante. Estas se corresponden con “una hectárea biológicamente productiva, con una productividad biológica promedio mundial” para el período de un año específico, según define el organismo.

Esto variará entre cada ecosistema y cada sociedad. Y los números son abrumadores.

Por ejemplo, mientras en Pakistán el ecosistema disponía de 0,3 hectáreas globales (GHA) por habitante en el año 2018, en Brasil ese número era de 8,6 GHA por habitante, el mismo año. En el mismo período, el territorio de Argelia disponía de 0,5 GHA por ciudadano, y Finlandia de ¡12,2!

Finlandia: podemos ver en la imagen la biocapacidad por persona (línea verde) en ese país y la huella ecológica promedio (línea roja) de cada finlandés. La zona en verde claro, que separa ambos parámetros, es la reserva de biocapacidad del país, con sus variaciones entre 1961 y 2018. Global Footprint Network.

Ahora bien: al restar la huella ecológica de cada ciudadano, medida también en GHA, y la biocapacidad por persona, se puede obtener tanto un número negativo como uno positivo. Si la segunda es mayor que la primera, el resultado negativo nos indicará que estaremos frente a un “déficit de biocapacidad”. Esto, porque el ciudadano promedio estará requiriendo más hectáreas globales de las que dispone el país donde vive, según su patrón de consumo actual. Por el contrario, si el número que obtenemos es positivo, esto quiere decir que hay más hectáreas globales disponibles de la que el ciudadano requiere. Estaremos entonces frente a una “reserva de biocapacidad”.

Cuanto más intenso es el color verde de un país, mayor es su reserva de biocapacidad. Y cuanto más rojo, más déficit de la misma es el que presenta. Global Footprint Network.

En un estado deficitario como la Argentina, entendemos fácilmente que, si una entidad gasta más recursos que aquellos que posee –léase “reservas”-, entonces el colapso es inevitable. Pues lo mismo sucede con las naciones que presentan un déficit de biocapacidad. Pero claro, las cosas se vuelven un poco más complejas si tomamos en cuenta que, desde hace siglos, vivimos en un mundo globalizado. Los límites de un territorio nacional se desdibujan.

¿Cuál es la relación que existe entre los flujos de mercancías internacionales y el sostén del déficit ecológico? ¿Cómo impactan las transformaciones en la demografía sobre la disponibilidad de recursos? Y la tecnología, ¿Cómo puede servir para enfrentar estas dificultades? El próximo jueves, vamos a conocer los puntos donde estos aspectos se cruzan, y las tramas de desarrollo sostenible (o insostenible) que generan.

Y vos, ¿conocías estos nuevos términos? ¿Cuáles agregarías al listado?


Rodrigo Salas

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